LA ALDEA DEL AHORA
Después de haber empleado varios años en recorrer aquel lejano paraje, el viajero se había dado cuenta de que algunos lugares de la misma no figuraban en los mapas. Precisamente la región que el estaba transitando en ese momento a través de veredas sinuosas circundadas por riscos y peñascales, no estaba señalada en la cartografìa.
Pese a ello y venciendo el temor a lo desconocido, el viajero continuó la marcha, impulsado por su espìritu aventurero. Un ímpetu, por cierto que procedía de influencia familiar y habia sido heredado, según su opinión, de varios parientes. Entre ellos, un tio suyo que llevó a cabo numerosos viajes dentro del país y allende sus fronteras. Y, sin duda, su propio padre, gran aficionado a la escalada, que incluso llego a fundar y presidir un club de montañeros.
Si bien los paisajes que rodeaban al viajero en el curso de su caminata, se podían describir como deslumbrantes, aquel lugar desprendía un aura opresiva, muy densa, que el viajero relaciono enseguida con el hecho de que el paraje en cuestión estaba prácticamente aislado y, y como se suele decir coloquialmente: "lejos de todo".
Trepó en cierto momento por una pared rocosa hasta alcanzar una posición mas elevada; su objetivo era obtener una visión panoramica que le permitiera orientarse mejor. Una vez alcanzado el punto prominente, desde esa altura comenzó a otear muy despacio el ecenario geografico circundante hasta donde llegaba su vista.
Cuál no seria su sorpresa cuando descubrió en la hondura de un precioso valle lo que parecía ser una aldea. Entornó los ojos para divisar con más exactitud el poblado y asegurarse de que no eran imaginaciones suyas. Efectivamente, se trataba de un pueblecito, un caserío minúsculo de no mas de treinta viviendas, en su mayoría modestas, alrededor del cual se cultivaban huertos y campos de labranza de buen aspecto. Asimismo pudo ver un rio de mediano caudal que iba serpenteando en las cercanias.
Parecía un lugar agradable; así que ni corto ni perezoso decidió visitar aquella aldea, cuya ubicación no constaba en ningún mapa.
Tras realizar el descenso por las rocas de granito y atrevesar los prados del valle finalmente arribó a la aldea. Aunque lo buscó, no halló ningun cartel que indicara el nombre de la localidad. Lo que si pudo ver fué a unos pocos campasinos trabajando en las tierras. Las calles del pueblo estaban desangeladas, practicamente desiertas y esa imagen de soledad hizo que el viajero esperimentara un sentimiento mezcla de tristeza y vacio bastante similar al que habia tenido un par de horas antes en el roquedal.
Dirigió sus pasos a la taberna de la aldea, con la esperanza de encontrar allí algún lugareño y charlar un rato con el. Además le apetecía beber un refresco y comenzaba a tener las primeras sensaciones de hambre; suponía que en la cantina servirían comidas.
Por fin localizó el bar. Afortunadamente estaba abierto y entró en el. El dueño del bar le atendió. No solo estaba alli el propietario del bar. En una mesa cercana unos aldeanos estaban jugando a las cartas tranquilamente.
Después de comer, un poco mas tarde de lo acostumbrado en el, entabló un conversación sobre diversos temas relacionados con el pueblo, sus habitantes, la historia y tradiciones rusticas de la localidad y de como el viajero habia llegado hasta allí, mas por azar que por intención. Durante esta amigable charla de sobremesa el viajero empezó a notar una actitud extraña por parte del dueño de la cantina.
Siempre que el viajero hacía alguna pregunta sobre el pasado, la persona que regentaba la cantina ponía el gesto típico de quien no sabe la respuesta al ser preguntado y guardaba silencio. El maestro que daba clases en la escuela municipal, debió de escuchar fragmentos de la conversación que insentivaron su interés, por lo que se acerco a la barra con animo de participar en la charla.
Mirando a los ojos del viajero con cara de amabilidad, el maestro explicó al viajero que la gente de aquel pueblo vivia inmersa en el ahora. Que el dueño del bar no le contestaba a ciertas preguntas relacionadas con la historia del pueblo no por falta de cortesia si no porque ese hombre y los demás vecinos poseían una idea del tiempo completamente distinta de lo habitual. Los habitantes de aquella aldea no albergaban el menor interés por los sucesos del pasado ya fuera este remoto o mas reciente.
La inmediatez del instante era lo único que realmente les importaba. De los tres tiempos comúnmente aceptados (pasado, presente y futuro) los moradores de aquel lugar sólo prestaban atención al presente.
Mientras seguía hablando el maestro, el viajero cayó en la cuenta de que en las paredes de la cantina no había colgado ningún calendario y tampoco relojes u otros sistemas de medición del tiempo. Le pareció un dato revelador, que daba todavía más sentido y verosimilitud a las palabras del maestro.
De todas las rutas y periplos que habia realizado, jamás llegó a un lugar asi. Por mas que revisaba el archivo de su memoria no encontró ningún recuerdo de viajes donde existiera un comportamiento igual o tan siquiera parecido. Tambien repasó mentalmente la nutrida lista de guias turisticas y libros de viajes que habia leido o consultado a lo largo de su vida, pero nada: lo que ocurría en esa aldea era una excepcionalidad absoluta, algo muy peculiar, un verdadero mirlo blanco.
Aquellos hombres y mujeres habian tomado la desicion de desarrollar su vida soslayando el pasado y el porvenir. Para ellos solo habia una clase de tiempo: el ahora. Los labradores del pueblo habian optado por una forma de vida al margen del tiempo, pues al suprimir el ayer y mañana y casi por completo el hoy, el tiempo convencional había quedado muy reducido.
Esta simplificacion, entiéndase este término en su acepción positiva, explicaba en gran medida por qué apenas habia prisas, preocupaciones, resquemores o codicia en aquella comunidad. Lo que hubiera acaecido en otras epocas, hace diez años o hace diez dias no era una materia de interés para ellos. La ansiedad generada por cumplir deseos o por satisfacer determinados plazos o alcanzar logros se había desvanecido ya que, muy rara vez los aldeanos enfocaban pensamiento en los tiempos venideros.
El viajero tuvo que reconocer que se sentía atraído por esta forma de vida. Aquellos humildes aldeanos disfrutaban de una existencia sencilla siempre en contacto con la naturaleza. Se habian situado mas allá de los escollos y tribulaciones que genera pensar demasiado. El tiempo dejó de ser complicado sin necesidad y pasó a ser concebido simplemente como un ahora.
Como se encontraba muy cómodo en aquel lugar tan apacible, casi atemporal, el viajero decidió prolongar su estancia en la aldea sin marcarse ninguna fecha límite para regresar a su país.
Con la inestimable ayuda de los lugareños, restauró una casuca semi derruida muy cercana a la plaza del pueblo. Siguiendo el ejemplo de aquella comunidad de sabios labradores viviría en cada momento el ahora con plena satisfacción.
Experimentaría, cada vez con mayor nitidez y naturalidad, todo el vigor y la riqueza inagotable del ser, que solo existe de verdad en el ahora y que no es posible encontrarlo en el pasado o el futuro, dada su insustancialidad, ni seguramente en el presente, porque ninguno de ellos es real.
Al igual que los campesinos que habia tenido la fortuna de conocer, el viajero aprendería a viajar esta vez no por tierra sino por esa especie de eternidad que es el ahora, percibiendo y sintiendo en su interior la abundancia de la realidad, lo que es real y la exuberancia de sus matices.
Ya sin distracciones ni divagaciones inútiles, a partir de entonces, habitaría el ahora y agradecería con frecuencia todos los regalos que la experiencia del ahora proporciona con una generosidad que no tiene final.
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